Desde muy pequeño solía venir con mi familia a esta zona. Eran días de playa, risas y atardeceres interminables frente al mar. Cada vez que regresaba a la ciudad, me quedaba con la misma sensación: algún día quiero vivir aquí. Era un sueño lejano, casi imposible… pero persistente.

Años después, la vida me dio la oportunidad de comprar un pequeño terreno, en un lugar completamente inhabitado. Luego vino un segundo, y después un tercero, hasta que todos se unieron en un solo espacio: el que hoy conocemos como Casa WindarMar.

Durante mucho tiempo no hubo más casas alrededor. Todo era desierto, viento y arena. Pero algo dentro de mí me decía que debía empezar por lo esencial: sembrar vida. Así que, en lugar de construir, comencé a sembrar árboles y plantas. No había agua, todo era árido, y mantenerlas vivas era una tarea titánica. Muchos me preguntaban por qué no construía una casa en lugar de perder tiempo regando. Pero yo sabía que primero debía florecer la tierra.

Pasaron los años. Algunas plantas murieron, otras resistieron, y las más fuertes comenzaron a llenar el lugar de verde, de sombra y de canto. Cuando el terreno empezó a respirar vida, levanté una pequeña cabaña de madera. Dormíamos en hamacas o carpas cuando venía la familia. Cocinábamos en un horno manabita y nos duchábamos en un baño improvisado. Eran tiempos simples, pero llenos de magia.

Así, poco a poco, entre plantas, atardeceres y el sonido del mar, este rincón fue tomando forma. Hasta que, después de casi 20 años, decidí dar el siguiente paso: construir la casa principal. Pero sin perder el alma del lugar. Por eso, cada rincón de Casa WindarMar fue pensado para disfrutar del aire libre, de los balcones amplios, de las cocinas abiertas, del sonido de las olas y de la brisa que llega del manglar.

La vieja cabaña sigue ahí, como símbolo de dónde empezó todo.
Y alrededor, las plantas que alguna vez lucharon por sobrevivir ahora florecen, atrayendo cada día nuevas especies de aves que llenan la casa de vida y color.

Hoy puedo decir que Casa WindarMar no nació de un plano, sino de un sueño sembrado a mano, riego a riego, año tras año.
Un sueño que sigue creciendo… entre el mar y el manglar.

Una respuesta

Responder a Un comentarista de WordPress Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *